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TRES LACTANCIAS COMPLETAMENTE DIFERENTES (Parte 2): Las lactancias de R y M

Bueno pues después de recordar la lactancia de S con un poquito de nudo en la garganta... Es de justicia que os hable de las lactancias de R y de M. 

La lactancia de S me sirvió para aprender, no solo sobre lactancia, sino también sobre mí misma, sobre mis límites y mis fortalezas. Tenía identificados todos los errores que había cometido y me empeñé en ponerles solución para que no me pasara lo mismo con el resto de mis hijos. Superé mis límites y potencié mis fortalezas... y mandé a la porra muchas cosas, entre otras las opiniones no pedidas. 

En la lactancia de S sentía que gran parte de mi entorno me veía como una niña pequeña a la que ser madre le venía gigante, una niña pequeña a la que podían dar órdenes, faltar al respeto, amedrentar, cuestionar... Yo misma lo llegué a creer profundamente. Cuando me quedé embarazada de R hice todo lo posible para arrancarme esa etiqueta y... lo conseguí 😊, con M ya... no quedan ni los restos del pegamento 😉

Os cuento cómo lo conseguí y cómo han sido las maravillosas lactancias de R y de M. ¡Comenzamos!


La lactancia de R: una lactancia sanadora


Como os he contado algunas veces, justo cuando S cumplió un año empezamos a ser más felices los tres. Yo me recuperé de ese postparto de un año, volví a bailar, conseguí ducharme sola, conseguí mantener unas rutinas de limpieza de la casa magníficas, era capaz de salir de casa con S y también era capaz de salir de casa sin S para despejarme un poco y como guinda del pastel, empecé a prepararme las oposiciones que salían ese verano. No era el momento de tener otro bebé peeeeero... Dios no pensaba lo mismo y ya sabéis que... menos mal.

Cuando S tenía 15 meses descubrí un día que... ¡estaba embarazada de nuevo!

El miedo:

Por supuesto a mí me hacía muchísima ilusión porque siempre había querido tener hijos que se llevaran poquito... pero enseguida empezaron a llegar a mi cabeza los miedos: otra vez pasar por lo mismo, otra vez volver a empezar, y si no soy capaz de nuevo, y si tengo que volver a terapia, y si R no engorda, y si... y ¡qué va a pasar ahora con S! No puedo ser uno con el sillón de lactancia porque S también me necesita... ¡¿Cómo lo voy a hacer!?

Otra de las cosas importantes que aprendí en el primer año de S fue esta: que tener miedo es normal pero ese miedo NO ME PODÍA PARALIZAR. No iba a permitir que ese miedo me apagara de nuevo. 

Y no lo permití. Puse los límites que tenía que poner, me di la prioridad que me tenía que dar e hice todo lo que estuvo en mi mano para que los errores que había cometido con S no volvieran a repetirse con R. 

Y NO SE REPITIERON

Las visitas en el Hospital:


Lo primero que hicimos fue poner límites a las visitas desde el hospital. Con R tuvimos la suerte de que nació un 28 de julio a las 11 de la noche... por lo que nadie pudo venir de visita hasta la mañana siguiente y tuvimos toooooda la noche para hacer piel con piel y comenzar con la lactancia a tope aprendiendo de los profesionales del hospital. Fue tan maravilloso... que desde entonces rezo para que todos mis partos sean nocturnos 😂

Esta vez al hospital solo vendrían nuestras familias, una cada día y luego habría que esperar a vernos en casa... cuando nosotros considerásemos que era el momento. 

Aún así se nos colaron algunas visitas más (es inevitable) pero no fue ni parecido a la locura que vivimos con S. Salimos del hospital con la lactancia instaurada y la subida de la leche a tope 😂 Eso marcó para mí ya una gran diferencia a nivel de ánimo: si en 48 horas me había subido la leche significaba que no lo estábamos haciendo tan mal. 

El FRENILLO:

Uno de los mayores problemas de la lactancia de S fue el frenillo... tanto que cuando R salió, en el paritorio, lo primero en lo que me fijé fue en la lengua... De hecho, en cuanto la vi, dije: "¡Tía, saca la lengua!" R salió llorando y al llorar su lengua sobresalía de la boca, no hice una fiesta porque me frenó el efecto de la epidural. 😂

Estaba FELIZ porque no me iba a volver a pasar lo mismo. Esa era la confirmación de que la lactancia iba a ir fenomenal. R nació y durante el piel con piel se enganchó y subió a planta enganchada perfectamente. ¡Estábamos salvadas!

Las grietas más grandes de la historia:

Estábamos salvadas... pero aunque R no tenía frenillo... me llevé unas grietas más grandes que las que nunca había tenido con S. El primer mes de lactancia de R fue HORRIIIIIBLE. 

R succionaba con tantísima fuerza y carácter que me hacía polvo, daba igual la postura, la posición y todo... El nivel de las grietas era tal que ella misma regurgitaba sangre. Mi pobre tía A se puso manos a la obra de nuevo, revisamos tomas, fuimos corrigiendo posturas, posiciones y enganches... así durante un larguísimo mes en el que me desanimé bastante: no había frenillo pero yo me moría de dolor igual.

Pero yo quería sacar adelante esa lactancia, lo iba a conseguir, y R iba a engordar como que yo me llamaba Rocío. Apreté manos, apreté dientes, grité y lloré lo que no os podéis imaginar... PERO LO CONSEGUÍ. Corregimos lo que había que corregir y las grietas fueron sanando. Gracias a Dios descubrí los parches de MEDELA... y desde entonces son mis aliados en la instauración de la lactancia porque al menos, aunque las grietas están ahí y te mueres de dolor al principio de la toma, cuando acabas, te los pones y el alivio es inmediato. Si no, el dolor sigue hasta la siguiente toma... y eso es agotador. 

Nada de visitas... ¡nos vamos de vacaciones!:

Los límites a las visitas continuaron, lo habíamos aprendido con S, pero además, se nos había complicado el tema con las grietas y J y yo fuimos capaces de decir a la gente que había que esperar hasta que las grietas se curaran, no recibiríamos visitas hasta entonces. Fue MARAVILLOSO. 

No contentos con eso... cuando las grietas sanaron y la lactancia estaba instaurada, como era verano, aprovechamos para escaparnos los 4 lejos de Madrid. En otras circunstancias habríamos renunciado a nuestras vacaciones para recibir visitas... pero con S aprendimos que esa renuncia no nos iba a hacer bien. 

Jamás habría dicho que unas vacaciones recién parida, con un menor de 2 años (y lo que implica) y un bebé de un mes (y lo que implica también) iban a ser tan magníficamente reparadoras. Fueron unos días increíbles que nos llenaron de fuerza para afrontar el resto del verano. 

Y el resto de mis miedos...:

El resto de mis miedos se fueron disipando poco a poco. R comía, se quedaba saciada, se dormía, la podía dejar en la cama y jugar ese rato con S, entonces R se volvía a despertar, comía, se quedaba saciada y podía seguir disfrutando de mis dos pequeñines. Podía ducharme, podía vestirme, podía dormir, podía limpiar... porque R se quedaba saciada y no estaba enganchada a mi pecho las 24 horas del día. 

El sillón de lactancia y yo no tuvimos que volver a ser uno y menos mal, porque con S tuve que aprender a darle el pecho a R en cualquier sitio, cualquier lugar y cualquier posición: de pie, en el suelo, jugando con una mano, dando de comer a S con la otra, vistiendo a S, cambiando un pañal... El sillón de lactancia había pasado a la historia. 

Y lo mejor... era que R engordaba, estaba en un maravilloso percentil 50 y su talla de ropa se correspondía con su edad. ¡LO HABÍAMOS CONSEGUIDO!

Era perfectamente capaz de cuidar a mi bebe ya nada podía pararme 😊. De hecho se acabaron los comentarios, los cuestionamientos, las dudas y las opiniones por parte de los demás. Nadie podía cuestionar que lo estaba consiguiendo, ni siquiera yo misma. 

Y llegó el final... el infierno nocturno:

Cuando R nació mi pensamiento era: "Bueno, aguanto un año de lactancia, como con S y luego ya ni siquiera biberón, leche en vaso que es más sano"

A medida que pasaba el año y disfrutaba de mi R y de nuestra lactancia... dije: "¡Esto es maravilloso, que dure lo que tenga que durar!"

Pero alrededor de los 14 meses se nos empezó a complicar de nuevo la cosa: R no dormía por la noche y lo peor era que lloraba y lloraba y yo le ofrecía el pecho pero no lo cogía, lo rechazaba y se enfadaba más y más y ya no sabíamos qué hacer. 

Hacíamos colecho porque era lo que nos había salvado la vida con S... hasta que descubrimos que R era tan... R que necesitaba su propio espacio. Compramos unas literas y R empezó a dormir del tirón en su camita... se había destetado por la noche de manera natural. Sin más.

Y por el día... aguantó un mesecillo más. Esta vez sí que recuerdo la última toma... fue el 1 de diciembre de 2018 y teníamos visita en casa. R se bajó de mi pecho y no me pidió de nuevo nunca más. Nuestra lactancia sanadora había terminado, con un poquito de pena porque mi bebé se hacía grande, pero también con alegría porque tanto ella como yo necesitábamos dejar atrás la etapa de bebé lactante, estábamos en otra etapa maravillosa que teníamos muchas ganas de disfrutar. 


Gracias:

Gracias R porque me enseñaste que tú eres única y que yo, soy capaz de todo y más 😉


La lactancia de M: una lactancia reparadora


Y llegamos al final de este post con la lactancia de M, la lactancia que directamente ha reparado hasta las cicatrices que podían quedar de mi primera lactancia. 

Oxitocina:

M nació dos semanas antes del confinamiento. Como el Señor me mima mucho y yo había pedido que fuera de noche... nació de noche. No tuvieron que ponerme ni un poquitín de oxitocina artificial (cosa que sí me pasó con S y R), toda mi oxitocina era natural, así que tenía un subidón de estar en una nube. 



M era un bebé súper deseadísimo, me moría de ganas de conocerle. Durante el larguíiiiiisimo rato que tuvimos para hacer piel con piel se enganchó perfectamente al pecho. Era monísimo y tranquilísimo, un osito. 

Otra vez el dichoso frenillo:

Cuando nos subieron a planta J se fue a casa y yo me quedé esperando a mi madre que iba a venir a pasar la noche cuidándonos a M y a mí. Mientras la esperaba vinieron las enfermeras a revisar a M. Yo seguía en mi nube... pero mi nube se rompió cuando me dijeron que.... ¡TENÍA FRENILLO! 

Bofetón que me pegué, yo que estaba súper feliz y no tenía ningún miedo con M porque era súper capaz y lo sabía... me enfrentaba de nuevo al dichoso frenillo. Las ganas de llorar me subieron por la garganta, llamé a mi pobre tía para contarle y me dijo que no me preocupara que al día siguiente vendría a verme. 

Luego le conté mis preocupaciones a mi madre y ya sabéis lo que pasa cuando le cuentas tus preocupaciones a tu madre... que no desaparecen pero se hacen más chiquititas y llevaderas. Así de chiquititas las dejé el resto de la noche. Ya me encargaría de ellas al día siguiente. 

Por la mañana, mi tía vino con una de las mejores expertas en lactancia de su hospital (a la que le debo la vida también desde el parto de S). Nos pusimos (porque el tema de las visitas en el hospital ya estaba más que controlado 😂) y me dio toda la motivación del mundo: "Rocío, tiene frenillo pero fíjate qué bien lo hacéis, no va a ser un problema, ya lo verás".

Y no lo fue. Con M vi por primera vez el calostro, mi calostro. M regurgitaba calostro en el hospital. Con los otros no lo había visto (hasta les hacía foto a las manchas como si fueran medallas). 


Cuando llegamos a casa me salieron un par de grietillas... pero nada más. Mis parches de MEDELA hicieron su efecto y esas grietillas curaron enseguida. Mi tía solo pudo venir a observar una toma porque de repente... el CORONAVIRUS. 

El confinamiento:

Ahí os reconozco que me entró el miedillo... ¿sería capaz de hacerlo sin mi tía A? Pues fui capaz... y no solo fui capaz sino que lo DISFRUTÉ TANTÍSIMO...

Con el confinamiento NO HUBO VISITAS, cero patatero. Todo era paz, calma y armonía (si no pensábamos en lo de fuera, claro, no me malinterpretéis). Era capaz de alimentar a mi bebé, me daban igual los percentiles porque nadie le pesaba, era capaz de ducharme, de vestirme, de jugar con mis otros dos hijos, hice eso de "duerme cuando el bebé duerma" independientemente de la hora del día que fuera... Fue un postparto de 5 meses en familia maravilloso... tanto, que hasta hice dos formaciones Montessori (cosa que con mis otros dos no me habría podido ni plantear). 


El final...:

¿El final? M y yo llevamos 18 meses de lactancia exitosa, tranquila y feliz... y seguiremos sumando meses hasta que M o yo veamos que ha llegado el momento de acabar... y os prometo que jamás de los jamases habría imaginado que yo sería capaz de esto. 

GRACIAS:

Gracias tía A por no rendirte y enseñarme lo maravilloso que es esto, sin ti no habría sido posible. Gracias J por tu apoyo incondicional, por tenerme en palmitas, por encargarte de todo lo que no es maternar. 

Y gracias M por enseñarme que no solo soy capaz, sino que soy, aún con mis muchísimos fallos, la MEJOR MAMÁ PARA VOSOTROS. 


En serio, repetidlo cada día: no somos madres perfectas, pero somos las mejores madres para nuestros hijos, hayamos tenido lactancias de días, meses o años... Si estamos pensando en lo mejor para ellos... LO ESTAMOS HACIENDO GENIAL.

Y tened en cuenta que... Nadie nace sabiendo, la lactancia es un aprendizaje más dentro de la aventura de la maternidad, disfrutad del proceso. 

Gracias por llegar hasta aquí y por haberos asomado a la historia de mis lactancias. Nos vemos en la siguiente 😊

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