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¡ME HAGO CACA ENCIMA!... OS LO SUPLICO ¡NO MÁS VISITAS!



Aviso de que toca post largo (y así terminamos ya con el tema "visitas en el hospital" y pasamos a otros 😂).

Después de aquel "susto" con la caca la primera noche del hospital, tuve un susto más grande la noche siguiente...

Esta historia puede resultar un poco escatológica, lo siento, pero ya que esto se trata de contarlo todo tal cual fue, me veo en la necesidad de compartirla, también para que se vea un poco más esa parte de la maternidad que no suele contarse pero que asusta, que puede pasar (también hay postpartos maravillosos y, por supuesto, mucho peores que el mío) y que puede jugarnos alguna mala pasada en esos primeros momentos tan complicados... 

Os cuento también cómo era nuestro día a día en el hospital, para que si alguien piensa que en el hospital se puede descansar después del parto... se vaya quitando esa idea de la cabeza 😂. Nosotros estuvimos allí cinco largos días debido a mi desgarro y aunque allí me sentía súper segura rodeada de tantos profesionales (y no deseaba por nada del mundo volver a casa...) creo que fueron los días más agotadores física y mentalmente de mi vida.

Ahí vamos con este nuevo episodio de La Historia de S.


¡Socorro! ¡Me hago caca encima!

Era ya nuestra segunda noche en el hospital. Habíamos tenido un día muy ajetreado y cansado. Mi tía y mi abuela acababan de marcharse y S y yo estábamos ya en la camita a punto de dormirnos... pero S se despertó y se puso a llorar. Le puse al pecho y se enganchó. Ese día no había ido al baño, no había tenido ganas... y ocurrió algo horrible.

Los entuertos debieron mover también mis tripas, y eso, sumado al aún reciente parto, a la relajación de todo el suelo pélvico, y al desgarrito... provocó que se me empezara a "salir" la caca literalmente, sin que yo pudiera hacer absolutamente nada para controlarlo.

Y ahí estaba yo, sentada en la cama, con S comiendo y la caca saliendo irremediablemente con su nueva banda sonora habitual... el pobre J no sabía qué hacer, y yo lloraba del agobio, de la impotencia de no poder hacer absolutamente nada para que aquello dejara de salir y rezaba para que las compresas hicieran bien de pañal y no se manchara la cama (no quería tener que decir a las enfermeras "me he hecho caca en la cama... ¿podéis darme sábanas limpias?").

La "fiesta" acabó e inmediatamente quité a S del pecho. Se lo dí a J (el pobre seguía berreando, claro) y como pude me fui al baño. ¡Menudo desastre! En serio... sé que hay cosas peores, pero ese momento para mí fue horrible.

Me quité "todo" y me metí en la ducha (no me había podido duchar ese día, así que además me venía genial). Una vez dentro tuve tiempo suficiente para agobiarme aún más... Me agobié a corto plazo con preguntas como "¿Qué voy a hacer mañana cuando venga la gente a visitar a S? ¿Y si le pongo al pecho con alguien en la habitación... y me ocurre lo mismo? ¡Dios mío, me voy a hacer caca encima siempre que le dé el pecho a S!" ... También había preguntas a largo plazo, que casi me agobiaban más: ¿Volvería a controlar la caca alguna vez o tendría que vivir con incontinencia durante el resto de mi vida? 


Y así, llorando desconsoladamente mientras me estaba ya imaginando con pañales para el resto de mi vida, terminaba nuestro segundo día completo en el hospital. Este accidente era la guinda perfecta para un día que, al contrario que el día anterior, había sido bastante desmotivador, agobiante, cansado y lleno, lleno de visitas... y la sensación que me dejó (el día, no el accidente) marcó bastante mi actitud durante el resto de mi postparto, actitud que se volvió muy muy reacia tanto a las visitas como al jaleo... ¡Necesitaba paz e intimidad!

Este rechazo se entremezclaba con una profunda sensación de frustración y cansancio, al ver cómo mis peticiones de intimidad eran totalmente ignoradas por algunas personas ante la impotencia del pobre J que también estaba agobiado (aunque no lo decía) viendo que el tema "visitas" era imposible de controlar y se le escapaba de las manos. 


He de decir... que esa noche fue la única vez que me pasó algo parecido con la caca... fruto evidentemente de las pocas horas que habían pasado aún desde el parto, pero el susto me lo llevé, desde luego. Gracias a Dios, no se me volvió a salir así nunca más, y poco a poco he ido fortaleciendo mi suelo pélvico y controlando el tema de "ir al baño". 


Nuestro "día a día" en el hospital

A la mañana siguiente, lo que más me preocupaba era el estado de mi desgarro y del suelo pélvico (que no tenía ni idea de lo que era hasta que me desgarré). Vino mi tía A, antes de volverse a casa después de su guardia, nos despertó y me llevó con la doctora que me había cerrado el desgarrito: estaba perfecto. Salí un poco más aliviada de aquella primera revisión, aunque me seguía agobiando el tema de la incontinencia... pero no se podía saber el resultado final de todo el proceso de rehabilitación en ese momento, así que tuve que confiar en que mi agobio era solo eso, un agobio.

Las únicas recomendaciones de momento eran: la dieta laxante para evitar hacer esfuerzos al ir al baño (verduras y frutas en todas las comidas, cereales integrales, mucha agua y una cucharadita de laxante; nada complicado o jaleoso y algo que, desde luego, daba resultado), el antibiótico para prevenir infecciones, y lavarme con agua y jabón cada vez que fuera al baño, secarme bien y cambiarme las compresas lo más a menudo que pudiera. Una vez pasada la cuarentena haríamos otra revisión para evaluar el estado del suelo pélvico


Me tranquilizaba muchísimo estar allí. Me sentía súper arropada por mi tía y por todo el equipo de matronas, por los ginecólogos y por las enfermeras y auxiliares. La verdad es que el trato en el hospital fue una auténtica gozada. No me quiero ni imaginar cómo lo pasan otras madres que no tienen la suerte de dar con equipos así de amables e implicados en unos momentos tan difíciles. 

Hablándolo con la tía A, me dijo algo en lo que yo no había caído hasta ese momento: es muy importante cuidar a las mamás durante el embarazo, obvio; pero es casi más importante cuidarlas durante el postparto (¡totalmente cierto y menos extendido!). 

Y llevaba toda la razón. Yo siempre me había imaginado la estancia en el hospital como un momento en el que la mamá podría descansar mínimamente, porque no tenía que hacer nada más que estar con su bebé (nada de tareas domésticas), siendo además el sitio perfecto para instaurar la lactancia (estás rodeada de profesionales que te ayudan a hacerlo). Ese descanso me haría salir con muchas muchas fuerzas, un poco más preparada para afrontar la vuelta a casa... pero tal y como está enfocado (ojo...por parte de la sociedad, no por parte del hospital)... es imposible. 

Para que se me entienda un poco, más o menos así fue nuestro día a día en el hospital:

A las 9:00 me traían el desayuno y venían a hacer la cama y la habitación. Mientras desayunaba me ponían el antibiótico, venían a evaluar, a hacer "perrerías" médicas o a bañar a S, y J aprovechaba para desayunar también. 

Habría sido el momento perfecto para ducharme... pero tenía el gotero puesto, así que tocaba esperar. Cuando se acababa el antibiótico (a veces me lo ponían muy despacio... muuuuyyy despacio, era desesperante) tenía que avisar para que me lo quitaran y me limpiaran la vía... Las pobres enfermeras no daban abasto así que a veces, entre una cosa y otra, pasaba más de una hora con el gotero enchufado...

"¡Libre! Ya puedo ducharme" pero... tachán, a las doce venían a limpiar el baño, S lloraba y había que ponerlo al pecho... Otra horita más... y a la una venían todos los días los padres de J. También solían aparecer otras visitas sorpresa de estas que no avisan que van a ir y simplemente se presentan allí... y si éramos pocos... No podía ducharme con toda esa gente en la habitación. 

Me traían la comida, comía y sobre las tres se marchaban a su casa. ¡Era mi momento ducha! Pues... noooo... tocaba antibiótico de nuevo. Si había algo que podía hacer a esas horas con el antibiótico puesto, era aprovechar para echarme la siesta... "¡bieeen, siestaaaa!". J también podía echarse en el sofá. Estábamos colocando cada uno un pie en nuestra "cama" cuando (en serio, TODOS los días que estuvimos en el hospital nos pasó esto) TOC TOC TOC ... "¿se puede?" ¡Más visitas! "Bueno, mañana nos echamos la siesta..."

Me traían la merienda, me quitaban el gotero y venían mis padres y mi hermana. Con ellos, gracias a Dios, podía ser yo misma, llorar, desahogarme, quejarme y quedarme bien a gusto... realmente lo necesitaba y estaba deseando que vinieran. Mi madre me ayudaba a poner a S al pecho, lo cogía, lo calmaba... Por las tardes solían ir y venir también otras visitas, tampoco estábamos solos. 

Hubo un día, el tercero, en el que ya no pude aguantar más y exploté del agobio (solo era el tercero). Se me juntaba todo: la falta de sueño, el dolor de cuerpo, el dolor de pecho, el cansancio, el no haberme podido duchar, las visitas, las hormonas, la caca... S llorando y llorando... Los padres de J le propusieron comer tranquilamente en casa con ellos, ducharse, cambiarse de ropa y luego llevarle de vuelta al hospital. A mí me pareció buena idea porque J lo necesitaba urgentemente, y tan importante es cuidar a la mamá como cuidar al papá. Así que le dije que sí, que no se preocupara porque S y yo estábamos bien, podíamos sobrevivir sin él un par de horitas...

Yo no tenía móvil por aquel entonces (eso fue fundamental... no me quiero imaginar qué habría pasado si lo hubiera tenido), así que J me dejó el suyo por si necesitaba algo. Intenté poner al pecho a S yo sola... se quedó dormido. Ahí empecé a constatar que me salía leche porque S tenía todo el labio blanquito ¡más mono!... y ¡qué respiro!

Silencio... el móvil de J estaba a mi lado y no hacía más que vibrar. El pobre J se estaba comiendo todos sus mensajes y todos los míos, y no daba abasto a contestarlos todos... Yo le quise ayudar, así que, mientras esperaba a que J volviera, abrí su Whatsapp... Mensajes súper motivadores de felicitación, mensajes mega cariñosos que me hacían sentir una auténtica privilegiada... peeero , también había muchos mensajes de un montón de gente diciendo "¿cuándo podemos ir a veros?", y mensajes de mucha gente avisando, sin ni siquiera preguntar: "esta tarde voy a veros"...

Un montón de lágrimas empezaron a correr por mis mejillas:"no quiero que venga nadie más ¡un paréntesis por favor!". ¡¡OJO!! En ningún momento dudé del cariño y la buenísima intención de todos los que querían venir a vernos, pero ellos no sabían por lo que estábamos pasando en aquellos momentos. Mis manos temblaban de los nervios mientras contestaba a esos mensajes diciendo que por favor, no vinieran, que esperaran. 

En eso me encontraba cuando llamó el pobrecito J para preguntarme qué tal estaba... y para pedirme permiso para echarse una siestecilla en casa de sus padres antes de volver (esto lo supe mucho tiempo después porque al ver cómo estaba yo el pobrecillo ni lo preguntó, vino volando a rescatarme 😂). 

Lloré y lloré por teléfono, me temblaba la voz: "No quiero que venga nadie más, solo mi familia. Con gente en la habitación no puedo darle bien el pecho a S, no puedo descansar, no puedo comer tranquilamente, no puedo ducharme y huelo fatal, ¿y si me hago caca encima como ayer con gente en la habitación? ¡me muero de vergüenza! Y luego además, si juntas la gente que nos ha dicho que va a venir, con la gente que se presenta sin avisar... podemos estar veinte personas en la habitación ¡y no puede ser! J, no quiero más visitas."

¡Pobre J! Lo entendió y vino corriendo. Ya estaban mis padres cuando llegó, así que yo ya me había desahogado con ellos y estaba más tranquila. 

Al final del día, venía mi tía A con mi abuela a poner orden (a la pobre siempre le toca ser la mala, pero no imagináis cuánto se lo agradezco). Esos momentos eran otro remanso de paz, con ellas parecía que todo iba bien. Cogían a S, yo podía cenar tranquilamente, J se podía ir a cenar a la cafetería, yo podía ir al baño, lavarme los dientes sin prisas, hablar con ellas, desahogarme, preguntarle a mi tía un montón de dudas, poner al pecho a S con verdaderas expertas en el tema... un lujazo.

Me dejaban ya acostadita, pero mi día no había acabado. El laxante hacía su efecto por la noche, gracias a Dios (solo Él sabía el verdadero pavor que me daba ir al baño por el día con la habitación llena de gente...), así que al rato me tocaba levantarme, ir al baño a hacer caca y por fin era mi ansiado momento de ducha (exacto, a la una de la mañana, pero además me tenía que duchar para limpiarme...)

Tampoco podía estar mucho tiempo relajándome en la ducha, porque a esa hora venían a ponerme el último antibiótico del día... se acababa, llamaba para que me lo quitaran, cogía a S y por fin... a dormir. 



Muchísimas gracias por leerme. El domingo que viene hablaremos de... los primeros encontronazos con la lactancia, que también tienen lo suyo en esto de los agobios de madres recién estrenadas...

¡Y contadme! ¿Vuestros días en el hospital fueron tan ajetreados como los míos?


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